Había señales que no sabíamos ordenar.
Cuando Hugo era pequeño, su manera de jugar era diferente: era muy estricto con sus juegos, apenas miraba a los ojos, buscaba poco el contacto y casi no se relacionaba con otros niños.
Mis Grandes
Los miedos, los nervios y el no saber pueden ocuparlo todo. Aquí puedes parar un momento. No necesitas tener ya las respuestas, acertar siempre ni saber cuál será el siguiente paso. Este espacio quiere acogerte sin juicios y recordarte que no tienes que recorrer el camino a solas.
No fue una sucesión ordenada de pasos. Eran señales, intuiciones, preguntas y emociones ocurriendo todas a la vez.

El diagnóstico no vino a cambiarlo. Vino a ayudarnos a comprender su manera de sentir, comunicarse y estar en el mundo.
Cuando Hugo era pequeño, su manera de jugar era diferente: era muy estricto con sus juegos, apenas miraba a los ojos, buscaba poco el contacto y casi no se relacionaba con otros niños.
Sonia y yo somos educadoras y ya habíamos acompañado a otros niños con rasgos parecidos. Lo hablábamos entre nosotras, pero verlo en tu propio hijo es mucho más difícil. Un día colocó las muñecas de su hermana en fila junto a las puertas, dejando visible solo un ojo de cada una, y las contempló desde el comedor. Entonces lo dije: «Mi hijo es autista».
Evaluarlo no fue fácil. Era sordo, tenía parálisis cerebral y no utilizaba lenguaje oral. Nos decían que algunos rasgos podían confundirse con la sordera. Pero no buscábamos una etiqueta: necesitábamos comprenderlo, ayudarle y conseguir los apoyos adecuados. Nuestra neurorehabilitadora terminó derivándonos a la psicóloga del hospital.
Saber que Hugo tenía autismo grado 3 nos tranquilizó porque, por fin, aquello tenía un nombre. Después comenzó un camino turbulento, lleno de miedos, preguntas y aprendizajes. Conocemos a nuestros hijos como nadie, pero también necesitamos aprender que no siempre sienten, piensan o reaccionan como nosotros.
Comprender su mundo no hizo desaparecer las dificultades, pero nos enseñó a acompañarlo desde otro lugar.
Eran crisis. Había situaciones que escapaban de sus manos y de su cabeza. Hugo se golpeaba y se hacía daño; yo, incapaz de quedarme mirando, me ponía en medio y recibía los golpes. Cuando todo pasaba, él lloraba. Y, mientras intentábamos sostenerle, también estaba Claudia, viviendo y sufriendo una realidad que nunca debemos olvidar.
Fueron meses, incluso años, muy duros. He llorado mucho. Porque Hugo no vive solamente con el autismo: también le acompañan la parálisis cerebral y la sordera. Necesita una atención casi constante, pero yo soy madre de tres hijos. Claudia y Noa también me necesitan. Esta es una de las verdades más difíciles de nuestra familia: amar a los tres con todo lo que soy y sentir, aun así, que a veces no puedo llegar a todo.
Terapias, colegio, comunicación, rutinas y decisiones que a veces abruman. Compartiré nuestra experiencia, no como una receta, sino como una mano cercana en el camino.
Quiero escuchar a quienes acaban de llegar y aprender de quienes llevan más recorrido. Cada familia conoce una parte del camino que puede ayudar a otra a sentirse un poco menos sola.
Las familias podemos acompañarnos, pero los profesionales también son necesarios. Construir una red de confianza permite avanzar con más calma y tomar decisiones informadas.
“Detrás del ruido, de los miedos y de todo aquello que a veces ni tu peque puede explicar, sigue estando quien siempre ha sido: ese niño o esa niña que te mira sin condiciones y cuyos besos y abrazos, cuando llegan, pueden salvarte el día… y a veces un poco la vida.”
Puedes escribir lo que hoy te pesa, lo que te duele o eso que todavía no sabes cómo explicar. No necesitas ordenarlo ni encontrar las palabras perfectas. Escríbelo como te salga. Yo te leo.
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